sábado, 5 de abril de 2014

Tres veces al amanecer.

Pues nada, es la historia de siempre, es el hombre de mi vida y yo soy la mujer de su vida, eso es todo, lo que ocurre es que nunca hemos sido capaces de vivir juntos,  ¿contento?
Del hombre se despidió sin decir nada, un beso en los labios. Apenas un poco largo -y cerrando los ojos, él. 
Se subió al coche, sacudiendo con la mano, antes, las palomitas que había en el asiento. Se abrochó el cinturón de seguridad, pero luego se quedó allí, sin encender el motor. Miraba aquella casa, ante ella, y pensaba en la misteriosa permanencia de las cosas en la corriente nunca quieta de la vida. Pensaba que, viviendo con ellas, uno acaba dejando siempre algo como una ligera mano de pintura, el tinte de ciertas emociones destinadas a decolorarse, bajo el sol, en recuerdos. 
(...) Luego vio abrirse la puerta de la casa y al hombre saliendo, aún con la camiseta y los pies desnudos, acercándose con pasos lentos hacia ella. Se detuvo al lado de la portezuela. La mujer giró la manivela y bajó la ventanilla, aunque no completamente. Él apoyó una mano encima. 
Hay el viento apropiado, dijo. A lo mejor podríamos salir a la bahía. 
La mujer no dijo nada. Permanecía con la vista clavada en la casa.
Te marchas esta noche, qué más te da, dijo el hombre.
Entonces la mujer se volvió haca el hombre y vio el mismo rostro de tantas otras veces, los dientes torcidos, los ojos claros, los labios de chiquillo, aquel pelo esparcido por la cabeza. Tardó un poco en decir algo. Pensaba en la misteriosa permanencia del amor, en la corriente nunca quieta de la vida. 

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